DE LA COCA-COLA LIGHT AL WHISKY SIN HIELO: por qué el cortometraje tiene que volver a verse como el cine en estado puro
El escritor Antonio Muñoz Molina proclamaba en su último libro El verano de Cervantes:
La tarea humilde tenaz, necesaria, desagradecida, insoportable del arte de la novela es contar las cosas como son, muchas veces a través de personajes tan aturdidos o zarandeados por las circunstancias que no llegan a entenderlas, o que las descubren por fin después de un doloroso aprendizaje. No como debieran ser, o como uno quisiera que fuesen, o como parece que fueron en otras épocas, o como en las novelas, sino como se muestran delante de los ojos a quien quiere mirarlas o no tiene más remedio que hacerlo; aunque quisieran que fueran de otro modo pero no consigue o no quiere engañarse, o engañar a otros.
De igual manera y bajo otra representación artística, está la tarea del director de cine. Andrea Caraseca (Madrid 1987), cineasta independiente cuyas obras han tenido decenas de galardones y cientos de selecciones en festivales internacionales lo tiene claro: cuando tienes una idea poderosa, lo difícil no es contarla, sino decidir qué contar. Es llegar al núcleo emocional que sostiene toda la historia y construir alrededor de él sin permitir nada que lo distraiga. Eso exige muchísima sensibilidad, porque cada plano, cada gesto y cada silencio tiene que estar al servicio de esa esencia. En un cortometraje no puedes permitirte el lujo de divagar; todo tiene que respirar con precisión quirúrgica.
El cortometraje es, ante todo, un ejercicio de condensación audiovisual en unos pocos minutos. La tarea consiste en recortar una idea y alcanzar la claridad suficiente para sostener una historia completa e intensa, en menos de media hora (normalmente). Es el lugar donde todo elemento secundario cobra una importancia que en el largometraje puede pasar desapercibido, pero aquí puede ser el factor decisivo para la trascendencia en la retina del espectador.

En su último cortometraje Líbranos del mal, Andrea Casaseca aborda un relato de gran fuerza visual y emocional que la ha servido para destacar en varios festivales de cine por su cuidada atmósfera y precisión técnica del thriller. La obra, rodada en Zamora, acumuló cinco nominaciones en los Premios Fugaz 2025 —incluyendo Dirección de Arte, Vestuario, Sonido e Interpretación femenina— y se alzó finalmente con el galardón a Mejor Maquillaje y Peluquería, reconocimiento que subraya el detallismo y la solidez estética que caracterizan el trabajo de la directora.
En una conversación con Casaseca nos desveló cómo fuerza al espectador para que conecte con su historia: Quiero que el espectador se vea reflejado en el personaje principal. Creo que es la mejor forma de que conecte con la historia, que sienta que su vulnerabilidad, sus deseos y sus miedos sean los mismos. En Líbranos del mal, esa búsqueda de identificación se convierte en el motor narrativo: la directora sitúa al público frente a un personaje que avanza entre dudas y heridas abiertas, obligándolo a mirarse en ese espejo emocional donde lo que importa no es la perfección, sino la verdad íntima que todos compartimos entre nosotros mismos, pero no nos atrevemos a exteriorizar.
Componentes
Otro elemento que ayuda a añadir realismo-sobre todo emocional- a la escena es siempre la música. Acompañar los gestos o palabras de los personajes con música, ayuda a situarse psicológicamente en el núcleo de la trama y acercarse a los sentimientos que el director (o directora en este caso), quiere transmitir.
En mi caso, nunca parto de la música para escribir o dirigir; no forma parte de mi proceso inicial. Pero sí creo profundamente que la música puede transformar por completo una escena, incluso reescribirla. La música tiene la capacidad de revelar lo que el personaje no quiere decir o de tensar lo que en un primer momento parece tranquilo.

Andrea Casaseca (de blanco) durante el rodaje de Líbranos del mal
En Líbranos del mal, este factor cobra un protagonismo especial debido al género. La música aquí refleja la introspección del personaje, subrayando su vulnerabilidad y sus dudas para acentuar sus contradicciones internas. Gracias a los estratégicos cambios de ritmo y silencios, el espectador percibe emociones y tensiones que provocan una cercanía al personaje principal interpretado por Ana Wagener (bajo el nombre de Eloísa) que tanto busca la directora en el cortometraje. De esta manera la música actúa de puente entre la intimidad de Eloísa y la empatía del público, amplificando la sensación de realidad.
La música siempre está al servicio de la imagen, no al revés. Hay que darle a la música el protagonismo que tiene por sí solo, sobre todo en proyectos audiovisuales. La música tiene que ser la adecuada para hacerte sentir miedo, angustia o risa, depende del proyecto. Así contestaba el director Juanfran López, cuyo último cortometraje Party no Party continúa consolidando su trayectoria dentro del panorama del cine independiente granadino. La pieza, que ha comenzado ya a moverse por circuitos locales y festivales, destaca por su ritmo cómico y su enfoque cercano, elementos que le han valido una creciente recepción del público y reconocimientos en su ámbito. Con este trabajo, López reafirma su capacidad para combinar humor, música y narrativa en un formato donde cada decisión —sonora, visual o interpretativa— contribuye a construir un sello propio cada vez más reconocible.
La magia de Party no Party reside en el interior, una historia coral llena de sorpresas. Pero, según las palabras del propio director, nada de esto hubiese sido posible sin las actuaciones de Ana Ibáñez (la líder), Merxe Céspedes (la dinámica), Mariló Mena (la cauta) y Vida Mengual (la anfitriona). Si a todo esto le añadimos los personajes de Antonio Nekuman (el atrevido) y Daniel Bengoechea (el truhán), el cóctel de esta pieza está servido para hacernos pasar un rato realmente divertido.
Para López, para hacer un buen cortometraje, la idea tiene que ser muy directa, tiene que ir muy al grano. Para que un corto mantenga un recorrido sólido en pantalla, tiene que tener un mensaje potente para impactar en esos dos o tres minutos-o uno si estamos hablando de un microcorto-, ya es a medida que transcurra el tiempo, puedes divagar y dejar que se relaje la historia. Es esa primera sacudida narrativa lo que va a determinar si el espectador se engancha o no, y es también lo que decide si este cortometraje va a ser capaz de trascender dentro del mar de propuestas similares.

Entre prioridades y oportunidades
Ampliar las ayudas y los programas de apoyo destinados al cortometraje es esencial para sostener un ecosistema creativo que, a menudo, trabaja con recursos mínimos, pero con un altísimo talento emergente en el gremio. La falta de financiación no solo condiciona la calidad técnica de una obra, sino que también la posibilidad de dar a conocer tesoros llenos de riesgo narrativo que se descubre a partir de la experimentación.
La financiación lo condiciona absolutamente todo. No solo porque determina cuántos días de rodaje puedes permitirte, sino porque también marca el tiempo que tienes para pensar, preparar, ensayar y construir. A más financiación, más margen para hacer las cosas con calma y con precisión. Y eso, en cine, se traduce directamente en calidad. La creatividad siempre encuentra formas de sobrevivir, pero disponer de recursos te permite dar a cada escena el tiempo que realmente necesita. En un formato tan condensado como el cortometraje, y encima en un thriller donde cada detalle cuenta al máximo afirmaba Caraseca durante nuestra charla.
Por otra parte, Juanfran nos decía que las políticas y ayudas a los cortometrajes siempre son más favorables a aceptar proyectos que cuentan con las caras más reconocidas y, sobre todo, las que abordan temas sociales. Debería poner el foco más en el talento que puedes llegar a mostrar y apostar por tramas más atrevidas. No solo en estos casos. Siempre van a tener prioridad por parte de ayudas o empresas privadas los proyectos que sean de condición social.
Las ayudas públicas a cortometrajes en España son un reflejo de la tendencia cinematográfica actual que señalaba Juanfran unas líneas antes: ‘valor cinematográfico, cultural o social’ es una categoría oficial que utiliza el ICAA (y otras instituciones de cine) para clasificar los proyectos que presentan a las convocatorias de ayudas. No significa literalmente “valor” como unidad de medida económica o moralista, sino que se refiere a cortometrajes que aportan algún interés reconocido en tres ámbitos: cinematográfico (calidad técnica, narrativa o artística), cultural (patrimonio, identidad, historia de España) o social (temas de relevancia social, educativa o de concienciación para problemas de minorías).En la convocatoria de 2023 del ICAA para ‘cortometrajes sobre proyecto’, 42 de los 61 proyectos beneficiarios pertenecían a esta categoría, concentrando alrededor del 68 % del presupuesto total.
Estos datos evidencian que se deja en un segundo plano las historias más arriesgadas a las que se refería Juanfran e innovadoras y arriesgadas. Abrir caminos para la creatividad emergente no solo permitiría explorar nuevas voces y temáticas, sino que también es clave para dar visibilidad al cortometraje como formato, mostrando su riqueza y diversidad más allá de los contenidos socialmente reconocidos. Hay espacio para todos en el mundo de la imaginación.
Ciclo de vida
La visión sobre el protagonismo de los cortometrajes en el mundo audiovisual no podría ser más dispar entre nuestros entrevistados. Esto refleja la tensión entre oportunidad y limitación que atraviesa el formato. Mientras que Juanfran apunta que la vida mediática de un cortometraje es como la Coca-Cola light del cine. La vida de un corto se estructura en producción, postproducción y promoción en festivales. Los cortos tienen poco acceso a las plataformas de streaming, Netflix tiene un apartado para los cortos, pero son pocas las que se han aventurado a añadirlas. Están a cuentagotas. El largometraje siempre tiene más acogida en los festivales y taquillas. Lo que sí es cierto que gracias a la posibilidad que hay hoy en día con la posibilidad de grabarlo de manera digital, favorece el acceso a más gente, ya no sólo para reproducirlos, sino también para producirlos. Esto está siendo un gran empuje y escaparate para el gremio.

Juanfran López (segundo por la derecha) durante un rodaje
Por su parte Andrea consideraba que el cortometraje está ganando protagonismo, y no solo por su accesibilidad. Hay una revalorización real del formato: festivales que lo impulsan, plataformas que lo muestran, escuelas y públicos que lo entienden como una obra completa. La mirada ha cambiado. El corto es un espacio de autoría donde pueden ocurrir cosas que en un largo tiempo serían impensables. Y eso lo hace especialmente atractivo.
Aunque los cortos siguen luchando por alcanzar una repercusión comparable a la de los largometrajes o series, es fundamental que las entidades públicas les den el apoyo necesario para alcanzar esta visibilidad. Abrir el camino donde su creatividad pueda llegar a las pantallas. El objetivo es permitir que estas ‘pequeñas’ historias se encuentren con el espectador para el que han sido creadas y minuciosamente articuladas. Es justo ahí donde sucede la magia del cine, donde el cortometraje revela su naturaleza: enganchar al auditorio de manera inmediata para que no aparte su vista de la pantalla. Esa conexión —sutil, intensa, casi instantánea— es el territorio natural del corto, y solo ampliando su acceso podremos permitir que más miradas se crucen con él. En un contexto donde parece que el mundo audiovisual queda reducido al objetivo de ser trending topic, tenemos que impulsar el cortometraje considerándolo como un espacio donde el director vuelca su profesionalidad para contar una historia con la precisión de un cirujano. Una dimensión donde cada plano importa, donde no hay tiempo para los edulcorantes y donde la emoción se esculpe para todos los públicos. Porque apostar por el cortometraje significa impulsar la creatividad para convertir menos de cuarenta minutos en una experiencia extraordinaria.
Puedes leer más artículos como este en: Revista Nº2

Mónica Van Der Schoot es periodista y community management. Grado en Periodismo Universidad Ceu San Pablo 2018-2022 Máster de Periodismo El Mundo 2022-2023. Ha trabajado como redactora en suplemento cultural El Mundo y en la revista cultural White Paber By.
