‘MANHATTAN’
La experiencia introspectiva de revisitar una película, después de mucho tiempo, es una forma de acrecentar nuestra pericia como espectador, ávido de nuevas historias y otras formas de consumir cine.
Para los cinéfilos, que hemos fraguado nuestra educación cinematográfica viendo películas clásicas, muchas veces sin saber que lo eran, en la nocturnidad de los canales que las programaban de madrugada, revisitar estas películas icónicas e imprescindibles nos permite afirmar que su magnetismo permanece inalterable al paso del tiempo, que es siempre un deleite y la mejor forma de aprender del cine.
Y en esa nocturnidad me topé con Humphrey Bogart bebiendo Whisky escocés en el
Halcón Maltés, o con la excéntrica Gloria Swanson en El Crepúsculo de los dioses de Billy
Wilder, pero también con un joven Dustin Hoffman protagonizando una ácida historia en
El Graduado. Todas estas historias y personajes deambulando por la América de los años
40,50 y 60, nos han mostrado también las contradicciones de una sociedad llena de luces
y sombras.
Pero si hay un escenario icónico en la historia del cine, es sin duda Manhattan, elegido
por Woody Allen para mostrar el retrato de una sociedad salpicada por las
contradicciones del ser humano. Este Manhattan es un Macondo llevado de la literatura
al cine, por el que transitan personajes que se enfrentan a sus propias paradojas y a sus
excentricidades.

Manhattan es una película con una mirada ácida, llena de sarcasmo que gira sobre las
relaciones de pareja de la clase intelectual neoyorquina. Es una comedia romántica o
melodramática que tiene como antecesora a la emblemática película Annie Hall.
La ciudad de Nueva York, una vez más, se transforma en uno de los personajes
principales, otorgándole la grandeza que le caracteriza a este insólito director. El inicio
de la película te deleita con la narrativa y los planos de una ciudad vibrante. Cada plano
cuidadosamente calculado, podría pasar como un álbum fotográfico que nos traslada a
respirar la atmósfera de la ciudad de Nueva York a finales de la década de los 70.
Es una película en blanco y negro, al más puro estilo de las películas americanas de los
años 40 y 50, que desprende magia en cada fotograma imprimiendo un aire nostálgico y
sombrío que adereza con diálogos que, en contraposición, están cargados de humor. El
retrato de Manhattan con el que empieza la película recuerda al film noir y a películas
como Sunset Boulevard” (1950), dirigida por Billy Wilder. No es de extrañar que
Tarantino se haya inspirado en él para desarrollar, muchos años después, su carrera
como cineasta.
Manhattan es Allen y Allen es Manhattan. Su ciudad, la ciudad que vio nacer a este genio,
es el escenario ideal para esta idílica pareja de protagonistas. La sobriedad con la que
Diane Keaton es capaz de acaramelar al espectador, traspasa fronteras. Su particular
forma de interpretar, despierta el interés en una historia tan sencilla y directa en la que
el desgarbado personaje de Allen acompaña cada palabra de Keaton como si de un
poema frenético se tratase. ¿Cómo es posible que una pareja como ellos, tan dispares,
tan alejados, puedan proporcionarnos esa ternura? Eso es Manhattan. Una historia que
podría describirse como un espejismo de cómo era la sociedad en aquellos lejanos años
La estructura narrativa de la película, la forma de componer los planos, los planos fijos
en los que los personajes entran y salen y los primeros planos, que muestran su
subjetividad, son una forma peculiar de narrar esta historia llena de matices.
Los diálogos en esta película perfilan personajes atípicos que exploran a través de ellos,
lo personal, lo intelectual y lo cotidiano y muestran a un director que es un gran contador
de historias, un narrador con una voz muy personal en el que se mezcla un tono
melancólico e irónico.
Ha pasado mucho tiempo desde que vi la propuesta de este director de origen judío.
Pensé, ¿cómo podría encajar el paso de los años? El resultado es que me cautivó, aún
más que aquella primera vez que la vi.
Tanto Diane Keaton como Allen, protagonizan una historia en la que la química entre
ellos vuelve a funcionar tras la exitosa Annie Hall. En esta ocasión también cuenta con la
presencia de otra actriz imprescindible, Meryl Streep, en un papel más secundario, pero
tan sugestivo como nos tiene acostumbrados.
El argumento de la película es bien sencillo y trata el tema de los fracasos matrimoniales
de Isaac Davis (Woody Allen), un humorista que de manera ocasional acude a programas
de televisión para deleitar con sus chistes a los telespectadores. Davis se entera de que
su ex mujer (Meryl Streep) con la que comparte un hijo, está dispuesta a publicar un libro
con su experiencia matrimonial pasada, cosa que a él no le hace mucha gracia, más
sabiendo que ella le dejó por una mujer y él no termina de aceptar eso. Mientras tanto,
Davis está saliendo con una chica menor de 17 años, de la que no quiere enamorarse
debido a la gran diferencia de edad entre ambos. Por otra parte, el mejor amigo de Davis,
Yale Pollack está casado con Emily, pero al mismo tiempo tiene una relación
extramatrimonial con Mary Wilkie (Diane Keaton). Es a partir de aquí, donde una especie
de triángulo amoroso empieza a enredar una trama que nos mantendrá enganchados
hasta el final entre Davis, Pollack y Wilkie.
Las decisiones que toma Davis en esta historia, suelen ser contradictorias, pues él no
quiere dejar a su joven pareja para quizás aventurarse a dar el paso de conquistar a
Wilkie, pero es tal la atracción que siente, que cuando su mejor amigo se ve obligado a
dar carpetazo al asunto con Wilkie, decide actuar, sabiendo que dañaría los sentimientos
de su joven amor.
La atmósfera que construye Allen en esta historia, hace preguntarnos hasta donde
podemos llegar cuando decidimos tomar una decisión tan drástica y dolorosa y cuáles
serán sus consecuencias futuras. Mientras, la ciudad de Nueva York es testigo de las
intimidades y contradicciones de estos protagonistas.
El talento de Allen, conjuga en esta historia un tono irónico para abordar un drama
amoroso y una crítica mordaz de pseudointelectualidad pedante neoyorquina. El
metraje en blanco y negro y su fotografía elegante y natural acompañada por la música
de George Gershwin, eleva la historia para que su narrativa la convierta en una obra
maestra.
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Juanfran López es una actor, director y guionista nacido en Granada. La lágrima de Géminis o La isla de Fa son algunos de los largometrajes que ha dirigido. En 2025 ha estrenado el cortometraje Party no Party. Cuenta con experiencia en el ámbito del audiovisual. En lo referente a la interpretación, ha protagonizado distintos papeles en algunas de las películas que ha dirigido. Además, su faceta artística pasa por la creación de guiones y diseño del storyboard.
