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‘RIPLEY’

La miniserie Ripley, creada y dirigida por Steven Zaillian para Netflix, se ha
consolidado como una de las producciones visualmente más sofisticadas de los
últimos años. En esta adaptación de la novela El talentoso Sr. Ripley de Patricia
Highsmith, la historia del estafador Tom Ripley encuentra una reinterpretación
profundamente estilizada, donde cada decisión formal —desde la puesta en escena hasta el montaje— crea un universo opresivo, elegante y moralmente ambiguo.

La dirección de Zaillian se caracteriza por un control riguroso del tempo y por una mirada
que evita la identificación emocional directa con el protagonista. Tom Ripley no es
presentado como un héroe ni como una víctima, sino como un objeto de observación. La
cámara lo sigue con distancia, sin sobreexplicaciones ni artificios dramáticos, dejando que
las acciones hablen más que las palabras.


Esa frialdad calculada construye un tono que recuerda al cine negro clásico, pero
reinterpretado con un minimalismo contemporáneo. La puesta en escena ofrece espacios
que parecen diseñados para encapsular el estado mental del personaje: habitaciones
amplias, largos pasillos, escaleras que generan un ritmo visual casi hipnótico y puertas
entreabiertas que siempre sugieren que alguien está observando. Nada es casual; cada
encuadre parece cuidadosamente pensado para reforzar la idea de un hombre atrapado
en su propia mentira, avanzando en un mundo que nunca termina de pertenecerle.

Uno de los elementos más llamativos de Ripley es su fotografía en blanco y negro, obra
del director de fotografía Robert Elswit. La elección no funciona como un simple gesto
estilístico, sino como un dispositivo narrativo. La serie utiliza un blanco y negro de
altísimo contraste: sombras profundas que envuelven los cuerpos y luces duras que
ayudan a perfilar las siluetas así como otorgan volumen y textura a cada superficie. Ese
tratamiento visual transforma las localizaciones italianas, tradicionalmente representadas
como espacios cálidos y luminosos, en paisajes fríos, enigmáticos y casi hostiles, algo de
lo que esa puesta en escena nos recuerda a la película de El Tercer Hombre, con ese aire
expresionista, oblicuo y profundamente inquietante que envuelve cada rincón.

La luz se convierte en un arma de precisión: fragmenta. El uso de fuentes puntuales —
desde lámparas como apoyo práctico hasta reflejos de ventanas— genera composiciones
cargadas de tensión, donde la arquitectura pesa tanto como los personajes. La geometría
del encuadre, con líneas rectas que enmarcan, refuerza la sensación de vigilancia
constante que atraviesa la serie.

El montaje, a cargo de David Rogers, aporta la última capa de densidad al universo
narrativo. Frente a la velocidad habitual de muchos thrillers actuales, Ripley apuesta por
un ritmo pausado, casi hipnótico. Los planos se extienden más de lo esperado y la serie
se permite habitar los silencios, las dudas y los tiempos muertos. Esa elección crea un
suspense sostenido que no depende de golpes de efecto, sino de la acumulación de
tensión. Las acciones se muestran con un detallismo obsesivo, a veces casi clínico, que
transmite la ansiedad del protagonista sin necesidad de subrayarla. El corte no busca
sorprender, sino acompañar la lógica interna del relato: la del engaño, la repetición y la
planificación minuciosa. Hay una especial atención al sonido como parte del montaje,
donde cada pisada parece amplificar el aislamiento del personaje y su sensación
permanente de estar al borde del descubrimiento.

Las localizaciones y la elección de rodar en entornos reales contribuyen de manera
decisiva al efecto final de la serie. Ripley fue filmada en Italia, principalmente en ciudades
como Roma, Nápoles, Capri y Atrani, así como en partes de la costa amalfitana y en
algunos rincones menos turísticos que ayudan a crear la atmósfera fría e inquietante del
relato. Aunque estos lugares suelen asociarse con paisajes luminosos y llenos de vida, la
estética en blanco y negro transforma sus fachadas erosionadas y sus plazas silenciosas
en escenarios cargados de peligro latente.

La arquitectura italiana, tan rica en texturas, se convierte en un elemento dramático:
asfalto húmedo, escaleras empinadas, callejones… Todo ello crea un mapa visual que
enfatiza la dualidad entre belleza y amenaza que recorre la serie.

Andrew Scott como Tom Ripley en la serie de NETFLIX Ripley

La dirección aprovecha estas localizaciones como parte activa de la narrativa. Los
espacios nunca están ahí solo para contextualizar; son cómplices de la trama. Las calles
empedradas de pueblos costeros funcionan como laberintos donde la identidad puede
perderse y reinventarse. Las grandes ciudades ofrecen rincones oscuros donde un
impostor puede pasar inadvertido. Incluso los interiores —habitaciones de hotel— están
diseñados para reflejar el aislamiento emocional y moral del protagonista. La
combinación entre localización real y fotografía expresiva convierte la serie en un tratado
visual sobre la falsificación y el deseo de pertenecer a un mundo al que Ripley nunca
tendrá acceso real.

En conjunto, Ripley se construye como una obra en la que forma y contenido son
inseparables.

La historia de un impostor moralmente ambiguo encuentra su reflejo en una puesta en
escena meticulosa, una fotografía que rehúye la calidez para abrazar el misterio y un
montaje que respira al ritmo de la mentira. Cada decisión formal contribuye a crear un
universo denso, inquietante y profundamente estilizado. La serie no busca solo narrar los
crímenes de Tom Ripley, sino sumergir al espectador en su mente: una mente que opera
en sombras, que manipula la luz, que convierte cada espacio en un disfraz.
Ripley no ofrece respuestas fáciles, pero sí una experiencia estética sobresaliente donde
dirección, fotografía, montaje y localización se fusionan para construir un relato
visualmente inolvidable.

Es una obra que demuestra cómo las elecciones formales pueden convertirse en la
verdadera columna vertebral de una historia, transformando un thriller psicológico en una
pieza de arte cinematográfico contemporáneo.
Patricia Highsmith estaría muy orgullosa.

Puedes leer más artículos como este en Revista Nº2:

Andrea Casaseca es directora de cine y publicidad. Su último cortometraje, Líbranos de mal, está protagonizado por la ganadora del Goya Ana Wagener a mejor actriz de reparto en 2012 por La voz dormida y Jesús Noguero (La moderna, Mía es la venganza). Su cortometraje Sinceridad fue candidato a los Goya en 2015. One shot, Era yo, Sábado o Diez Grados son algunos de los trabajos que completan su trayectoria. Es además docente en realización audiovisual en la Escuela Superior de Audiovisuales The Core Entertainment Science School.

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