‘ELS LLENÇOLS BLANCS’. La poética de la memoria
Hay un cine que no necesita de grandes artificios para gritarnos verdades incómodas; un cine que se cocina a fuego lento, en el espacio que queda entre una sábana tendida al sol y el vapor de una taza de café. En este terreno de lo cotidiano encontramos el debut tras la cámara de la valenciana Alicia Arnau. Tras años esculpiendo historias desde la sala de montaje para plataformas como Netflix o RTVE, Arnau salta a la dirección con Els llençols blancs, una pieza cautivadora que utiliza la cámara para realizar un ejercicio de reparación histórica a través de la poética de la memoria.
La cámara como puente generacional
El cortometraje nace de una ausencia: las preguntas que Arnau nunca pudo hacer a sus abuelas. Afirma Arnau que “el movimiento (feminista) me ha ayudado a saber quién soy, qué quiero para mí, qué me parece que es justo para las mujeres y cómo me gustaría que fuese el futuro de nuestra sociedad”.
En este sentido, uno de los pilares más fascinantes de este corto es la voluntad de Arnau de romper el arquetipo de la abuela como una figura abnegada que solo existe para el cuidado. La sociedad ha divinizado a madres y abuelas, despojándolas de su humanidad al verlas solo como seres que deben desvivirse por los demás. Como bien señala Alicia, esta idealización es fruto del patriarcado: “Necesitamos vincularnos con ellas desde otras miradas, escucharlas activamente y conocer cómo son de verdad. Reivindicar que tienen derecho a equivocarse, a tener deseos propios y a no priorizarnos siempre es, en esencia, devolverles la dignidad que la historia les arrebató”.
El cortometraje nos presenta a Sofía (Paula Braguinsky), una joven que visita a su abuela Carmen (Maite Gil) para rodar un proyecto audiovisual. Es en este punto donde Arnau despliega un recurso narrativo fascinante: de repente, la pulcritud de la cámara de ficción deja paso a una estética de documental, con un granulado cálido y una cámara en mano, poco estática, que captura la complicidad entre ambas. Es la mirada de la nieta la que nos muestra a Carmen haciendo el café o pelando una naranja, un gesto tan costumbrista y de nuestras abuelas que consigue conectar de inmediato con la memoria colectiva. De hecho, Arnau confiesa que las naranjas y el arroz al horno que cocinan en el cortometraje son un guiño directo a sus raíces y a la vida en las comarcas valencianas. Este ejercicio estético se complementa con una decisión cultural impecable: la pieza audiovisual está rodada íntegramente en valenciano, otorgando a la lengua su espacio natural.
“La vida es una lotería y a mí me ha tocado demasiado tarde”,
explica Carmen, el personaje de la abuela.
El cortometraje se adentra en terrenos pantanosos pero necesarios: ¿eran realmente felices nuestras abuelas en sus matrimonios? Alicia reflexiona sobre cómo la falta de una ley de divorcio en España hasta 1981 (salvo el breve periodo de la Segunda República) obligó a miles de mujeres a vivir en la infelicidad. Es un dato punzante que hoy en día el 70% de los divorcios los inicien las mujeres, una libertad de decisión que Carmen, la protagonista, no tuvo en su juventud.

Igualmente, el trasfondo del corto es muy valiente al hablar no solo de la infelicidad matrimonial, sino también de la maternidad impuesta. Así pues, las confesiones entre Carmen y Sofía son las encargadas de conducir el ritmo narrativo de la historia. Vale la pena destacar que el proyecto de Alicia Arnau ha necesitado cinco años para llegar hasta la gran pantalla, “pues empezó a gestarse durante la pandemia y desde entonces ha sido un ejercicio de absoluta resistencia y paciencia”. Para Alicia, este tiempo ha sido necesario para darle muchas vueltas a la historia hasta encontrar ese punto de vista autoral que hoy la define. Resulta especialmente valiente que, siendo su primer cortometraje y tratándose de una cineasta joven, haya asumido que el cine independiente es una carrera de fondo que requiere de recursos, de mucho trabajo y, sobre todo, de encontrar las sinergias adecuadas, como la que estableció con su productora Nuria Cidoncha. Lo que pone en valor que estas obras no surgen de la nada, sino de un esfuerzo titánico que reivindica que el talento joven valenciano tiene la madurez necesaria para esperar a que su historia esté realmente lista para la gran pantalla.
Estética, raíces y el valor de lo local
Como montadora cinematográfica experimentada, Arnau ha esculpido el tiempo de esta obra desde el propio guion, editando escenas incluso durante las noches de rodaje para asegurar el pulso narrativo. Los objetos también narran: las sábanas blancas son una metáfora de la vida que se mancha, se frota y se limpia para volver a empezar. Incluso el test de embarazo de la nieta conecta sutilmente con la maternidad no deseada que Carmen sufrió en una época sin ley de divorcio.
Paralelamente, rodar en Corbera y Pego fue un acto de resistencia para descentralizar el cine patrio y dar voz a las historias que nacen fuera de las grandes capitales. El corto brilla al explorar el conflicto entre el campo y la ciudad. Carmen defiende la paz de los naranjos frente al estrés urbano, un debate muy actual entre la juventud que busca repoblar el entorno rural.
Respecto a la elección de la música de Kela —que puede chocar en un contexto de ochenta años—, la directora defiende que Carmen es una abuela moderna. Escuchar voces de mujeres actuales, leer a Isabel Allende o dominar las videollamadas son rasgos de una mujer empoderada que ha decidido encarar el futuro con ganas gracias a la libertad que le ha brindado el tiempo.

El valor de lo invisible
Els llençols blancs nos recuerda que el cine patrio tiene una salud de hierro gracias a la valentía de creadoras que se atreven a mirar hacia adentro. Es un cortometraje necesario que nos invita a reconciliarnos con nuestro pasado y a entender que cada mujer lleva consigo una historia que merece ser contada, más allá de los roles que la sociedad les ha asignado.
En un mundo saturado de imágenes vacías, Alicia Arnau nos regala una obra que se queda con nosotros como el olor a ropa limpia: una invitación a hablar, a preguntar y, sobre todo, a escuchar antes de que el tiempo se lleve las respuestas. En definitiva, es una invitación a mirar a nuestras mayores a los ojos y preguntarles, por fin, quiénes son ellas cuando nadie las mira.

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Paula Moliner Brau es historiadora del arte. Actualmente trabaja como redactora y coordinadora digital en la Revista Saó. Su trabajo se sitúa en la intersección entre la investigación, la escritura y la gestión cultural, explorando la memoria, la fotografía y los archivos familiares como herramientas para pensar la identidad y el territorio. En 2025 participó en el Campus de Verano de la Academia de Cine, la Universitat de València y Netflix, donde dirigió un cortometraje construido a partir de fotografías dañadas por la DANA. Es creadora del proyecto ‘Vinaròs.jpg. La mirada fotogràfica de la gent del poble’.