‘BETTER MAN’
Era una de esas tardes de resaca veraniega, tras una alarma por temporal, tan apacible en el refugio hogareño que sientes que el tiempo se ha detenido para suspenderte de nuevo en la adolescencia y no te planteas cosas tan banales y crispadas como que ver un biopic mainstream protagonizado por un mono de CGI pueda considerarse una pérdida de tiempo imperdonable. Total, la alternativa hubiera sido mirar durante dos horas la esquina izquierda del techo sobre la cocina americana e intentar averiguar afinando la precaria vista de 42 años, si esa nubecilla marrón esponjoso es un nido de cucarachas o una pelusa con grasa.
Después de toda la noche haciendo el amor y practicando el cinismo de nuestra bendita generación de cristal le sugerí a Marcelo, mi partenaire de la vacación constante; mi alter ego masculino porteño quinqui; mi novio de los sábados, que viéramos juntos la biografía de Robbie Williams, porque era la frivolidad perfecta para ingerir en circunstancias postcoitales tras una pérdida masiva de neuronas debida a los excesos de vida surcando nuestro sistema vascular periférico.
Marcelo no era fan, pero como cualquier ser humano que tenga un poco de sentido del humor occidental y que se haya educado sentimentalmente con Luz de Luna, Los Goonies, Sharon Stone anudándose las muñecas con los tirantes del body deportivo y Queen de fondo musical, tiene por fuerza que simpatizar cuanto menos con la figura de Robbie Williams.
Yo siempre quise un poco al crápula inglés guasón. Incluso me compré el CD de I’ve been expecting you en El Corte Inglés de León después de suspender un examen de matemáticas sobre logaritmos. Tenía también un single muy finito que grabó con Kylie Minogue, que te hacías un menage a trois de cumpleaños en tu mente que no te lo acababas. Aquellos maravillosos años de onanismo y acné. Felicidad por un tubo.
Antes de que hablemos de esto de verdad, te tengo que decir aquí y ahora que se trata de una peli para ver en la cama en ropa interior con helado de cheescake de pistacho de la marca blanca Día. De otro modo es mucho más difícil de entender.
El primer acto me hizo levantar la ceja hasta la apoplejía. Tanto lugar común spielbergiano de las relaciones paternofiliales y de la ambición del niño que no es que quiera ser reconocido por el mundo es que quiere ser querido por su padre me daba una mica de arcada. Marcelo en cambio, desde su blanca heterosexualidad masculina estaba gozando de la identificación; comprando fuertemente el cliché, sin ponerle un “pero”. Me froté las manos, dispuesta a hacer un humillante festival del punch line con cada secuencia sobada narrando la subida, caída, recaída, resubida y gloria de un machirulo megalómano y politoxicómano intentando justificar sus vicios y decadencia a través de la reivindicación de un corazón roto por él mismo. Buah, buah, male tears…

Pero, maldita sea, tía. No sé qué pasó para que en un momento dado la ceja volviera a su sitio original de complicidad mientras la mandíbula batiente caía suavemente al vidriarse los ojos frente a un cuadro impresionista en movimiento de simios asalvajados odiándose entre ellos y siendo siempre el mismo en una batalla campal del subconsciente más oscuro, humano, poético, patético y barroco que recuerdo haber visto jamás en ficción audiovisual. Flipas fuerte.
De repente tenía trece años y estaba leyendo una entrevista de Take that en la Superpop en 1996 donde Robbie hablaba de cómo en un concierto le habían arrancado accidentalmente un pendiente de aro de un pezón. Tenía el pelo decolorado a lo pollo pillo loco y era la máxima representación de la incontrolable euforia de saberse joven y creerse invencible. Ese abismo de poseer lo más valioso que nos puede dar la vida: toda ella por delante.
Aquellos botellones en el pueblo en agosto, cuando sonaba Rock dj y Robbie era el cacho de carne más carismático sobre la faz de la tierra y yo escribía sin parar en mi diario sobre cómo sería perder la virginidad mientras sentía la exquisita ansiedad de querer agarrar todos los momentos y hacer de la realidad una verbena infinita sabiendo que no lo era y sin querer admitirlo, pero llevada siempre por el motor de que las cosas se acaban y que esa famosa frase atribuida a Santa Teresa de Jesús de que: “Hay más lágrimas derramadas por las plegarias atendidas que por las no atendidas” es una verdad como un templo de grande.
Todo pasa demasiado deprisa y para cuando quieres darte cuenta has conseguido exactamente lo que querías, pero ya eres otra persona y el vacío es insondable al darte cuenta de que aquel en el que te has convertido no siente nada al alcanzar los anhelos del niño que fundamentalmente se negaba a ser un don nadie. “A la mierda con contar algo; yo lo que quiero es ser famoso. Quiero que me adoren.”
Robbie era el mago de la tensión sexual no resuelta a la vez que resolvía sin solución de continuidad todos los deseos clásicos de cualquiera de los púberes de mi generación. En una de las múltiples galas de premios en las que ganó algo gordo, subió a recoger el galardón para sacarse el genital ante la audiencia entregada diciendo algo así como: “Gracias a esto podré comprarme una nueva mansión, otro enésimo coche de lujo y empezar a salir con alguna otra supermodelo.” Esa clase de sarcasmo era reconfortante, pero escondía inevitablemente una amargura tan gigantesca que paradójicamente lo convertía en un artista de verdad. Rizar el rizo de la obviedad y de la aspiración más zafia y frívola acaba haciendo de ti un ensayo de filosofía tan crudo y orgánico que da vértigo.
Yo me hice mayor y más cínica mientras Robbie le ponía banda sonora a mi vida sin siquiera escucharle conscientemente. Letras desapercibidas que rezaban pasajes tan verdaderos y profundos como: “I just wanna feel real love feel the home that I live in. ‘Cause I got too much life running through my veins going to waste.” Que percibías sin poner mucho la oreja como una pastelada para impresionar a chiquillas y en realidad eran poemas de amor dedicados a su padre.
Y es que todo es demasiado serio para tomarlo en serio. Robbie, ese clown, esa víctima del síndrome de Pagliacci se desata como un juguete roto recompuesto por la técnica kintsugi de reconstruir todos los pedazos con oro para hacer de la ruina rehabilitada otra clase de obra de arte mucho más valiosa. Detrás de todos esos rodeos entorno al glamour, la cocaína cortada por las mismas cuchillas que coquetean con rebanarte las venitas saturadas de ella y los bailes histéricos por la cornisa del reconocimiento de masas, se encuentra la verdad que nos reconcilia a todos, seas un héroe pop con mirada de travieso o un opositor de ciudad de provincias: tú lo que quieres es que papá te de una suave palmadita en la espalda y mirándote a los ojos, diga: “Lo has hecho bien”.

Ciento veinticuatro minutos más tarde, Marcelo y yo volvimos a encontrarnos uno al lado del otro en la cama, saliendo un momento de la vida del cantante pop este imbécil del culo -tanto como cualquiera- para acompañarnos en el clímax, el epílogo, la previsibilidad del concierto final. ¿Acaso se puede acabar de una manera más decimonónica el biopic de un artista musical que cantando My way, por el amor de Dios?
No. No se puede.
Lloramos acurrucados como los adolescentes con arrugas que somos. Mecidos por la reconfortante verdad efímera de que no estamos solos y por la absoluta e inmortal de que, hagas lo que hagas, no hay nada más importante que ser fiel a uno mismo. Aunque sea al final; después de cagarla mil veces.
Salvo que seas un serial killer, un caníbal o un pederasta; pero tampoco es cuestión de ponerse anticlimático justo cuando estás a punto de tragarte el tocinito de cielo.
Míratela y llóratelo todo, millenial, si estás leyendo esto ahora mismo, te garantizo que vas a gozar con Better man, como si hubieras nacido ayer.
De nada.
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Marta Díez San Millán ha estudiado guion de cine y TV en la Escuela de Cine y TV Septima Ars de Madrid. Ha vivido en León, Madrid, Barcelona y Estambul. Ha escrito artículos para MovieCrazy y BunkerHill entre otros. Dirige la página Pensar Desnuda donde habla de situaciones embarazosas y pelis, así, groso modo.
Fotos: Marta Díez San Millán
