‘Eyes Wide Shut’
Hace poco tiempo, pude conseguir un ejemplar en Blu-ray de esta obra, en ese empeño de atesorar una pequeña filmoteca con títulos escogidos en soporte material, en estos tiempos en el que las plataformas ya te permiten acceder a una extensa relación de títulos sin ocupar un espacio en tu estantería. Ese fetichismo, cada vez más difícil de satisfacer, coloca esta película entre aquellas que forman parte de mi colección personal. Antes de hacerme con ella ya la había visto al menos dos veces, pero Eyes Wide Shut pertenece a ese tipo de creaciones que parecen transformarse con cada visionado, que siempre aporta algo nuevo al espectador, por eso recomiendo verla.
Eyes Wide Shut fue la última obra de Stanley Kubrick, quien falleció durante la fase de posproducción. Casi tres décadas después de su estreno, continúa resistiéndose a cualquier interpretación definitiva por su complejidad simbólica y técnica.
La película adapta la novela Dream Story, escrita por Arthur Schnitzler en 1926. Kubrick encontró en ella un territorio perfecto para explorar algunas de las obsesiones que atravesaron toda su filmografía: la tensión entre apariencia y realidad, la fragilidad de la identidad y los impulsos ocultos bajo la superficie de la respetabilidad burguesa. La Viena finisecular del relato original fue transformada en una Nueva York espectral y onírica, más cercana al sueño que a la geografía real, llena de señales ocultas que pueden pasar desapercibidas la primera vez que la ves.
La iluminación en la película contribuye a recrear esa atmósfera onírica, a dotar a las escenas de un aire irreal. Predomina el azul profundo y el naranja cálido que refuerzan esa sensación entre la vigilia y el sueño.
Stanley Kubrick utiliza la cámara, el guion y el simbolismo para desglosar cómo el acto de mirar define las relaciones de poder, el deseo y la identidad. La película posiciona al espectador en un lugar de voyerismo, enfatiza la naturaleza morbosa de la mirada cinematográfica.

Cuando llegó a las salas, la recepción estuvo marcada por la desconcertante distancia entre las expectativas del público y la verdadera naturaleza de la película. Algunos esperaban un thriller erótico protagonizado por la pareja más mediática de Hollywood, Tom Cruise y Nicole Kidman. Otros aguardaban una nueva demostración del genio formal de Kubrick. El resultado fue una obra que parecía responder a ambas expectativas y, al mismo tiempo, frustrarlas por completo. Con el paso del tiempo, también adquiriría la reputación de ser una de las producciones más malditas del cine moderno.
El rodaje se prolongó durante más de quince meses y terminó convirtiéndose en una prueba de resistencia para todos los implicados. El perfeccionismo de Kubrick alcanzó aquí uno de sus puntos más extremos. Años después, Cruise y Kidman reconocieron que la experiencia fue psicológicamente agotadora. La obsesión por el control era tal, que el director ordenó reconstruir calles enteras de Nueva York dentro de estudios británicos para recrear con exactitud una ciudad que apenas pisó durante la producción.
La historia sigue al doctor Bill Harford, interpretado por Cruise, cuya existencia aparentemente perfecta junto a su esposa Alice comienza a resquebrajarse cuando ella le confiesa haber fantaseado con abandonar toda su vida por un desconocido. Esa revelación desencadena una crisis íntima que empuja a Bill hacia los márgenes de la noche, donde se enfrenta a encuentros sexuales ambiguos, secretos inconfesables y una inquietante sociedad clandestina que celebra rituales enmascarados. Más que un relato de suspense, la película funciona como una exploración psicológica del deseo y de la inquietante distancia que separa nuestras fantasías de nuestra identidad consciente.
Pero ¿por qué suele describirse como una película maldita? La principal razón es la muerte de Kubrick pocos días después de mostrar un primer montaje a los ejecutivos de Warner y a los propios protagonistas. Su desaparición convirtió inmediatamente la obra en un testamento artístico y abrió una discusión que continúa vigente: ¿llegó realmente a terminarla? Mientras algunos colaboradores sostienen que la película estaba prácticamente concluida, otros afirman que aún faltaban ajustes de montaje, sonido y ritmo narrativo. Esa incertidumbre alimentó durante décadas un sinfín de teorías.
Uno de los episodios menos conocidos de la producción fue el esfuerzo de Kubrick por convencer personalmente a Cruise para protagonizar el proyecto. Reacio a viajar durante aquella etapa de su vida, el director organizó encuentros privados para asegurar su participación. Cruise, admirador declarado de Kubrick, aceptó sin conocer demasiados detalles del argumento. Su presencia resultó decisiva para que el estudio aprobara un presupuesto considerablemente más elevado para una obra cuya naturaleza era, desde el principio, profundamente anticomercial.
Kubrick tampoco eligió a Cruise y Kidman únicamente por su fama. Le fascinaba que fueran una pareja fuera de la pantalla. Creía que esa intimidad real aportaría una tensión emocional imposible de reproducir mediante la interpretación convencional. Muchos analistas han señalado que parte de la incomodidad que transmite la película nace precisamente de esa interacción entre realidad y ficción. Cuando años después ambos actores se separaron, no faltaron quienes interpretaron el hecho como una extraña prolongación de los conflictos que la película había puesto en escena.
La relación de Kubrick con sus intérpretes era tan singular como su método de trabajo. Nicole Kidman reconoció en varias ocasiones que nunca supo exactamente qué buscaba el director. Kubrick evitaba explicar la psicología de los personajes de forma explícita. Prefería generar situaciones, conversaciones y estados emocionales que obligaran a los actores a descubrir por sí mismos el tono adecuado. Era una forma de dirección basada en la incertidumbre y la exploración más que en la instrucción directa.

La célebre secuencia de la ceremonia ritual en la mansión constituye quizá el ejemplo más claro de esa obsesión por el detalle. Kubrick dedicó meses a perfeccionar su diseño visual y sonoro. Incluso la música fue manipulada cuidadosamente para generar una sensación de extrañeza casi hipnótica. Parte de ese efecto se obtuvo reproduciendo grabaciones litúrgicas invertidas, creando una atmósfera que parece oscilar constantemente entre lo sagrado y lo perturbador.
Su empeño por reconstruir Nueva York sin abandonar Inglaterra se convirtió en una auténtica demostración de obsesión artística. Equipos enteros fueron enviados a fotografiar calles, escaparates, esquinas y detalles urbanos que después serían reproducidos minuciosamente en los estudios. La dedicación era absoluta. Kubrick podía telefonear a cualquier hora de la noche para debatir decisiones aparentemente insignificantes relacionadas con la producción.
Pocas películas contemporáneas han generado un volumen semejante de interpretaciones. La representación de una élite poderosa y hermética ha dado pie a innumerables teorías sobre sociedades secretas, redes de influencia y supuestos mensajes ocultos dejados por Kubrick. Sin embargo, ninguna de estas hipótesis ha logrado sostenerse sobre evidencias sólidas y la mayoría pertenecen más al ámbito de la mitología cultural que al análisis cinematográfico.
Quizá el mayor error cometido por parte de la crítica fue reducir Eyes Wide Shut a una película sobre el sexo. En realidad, su verdadero objeto de estudio es mucho más amplio y complejo. Habla del miedo al deseo, de la inseguridad masculina, de la distancia entre fantasía y realidad, de la diferencia entre amar y poseer, y, sobre todo, de las máscaras sociales que utilizamos para relacionarnos con los demás y con nosotros mismos.
Kubrick transforma la ciudad en un laberinto mental donde cada encuentro refleja una fractura interior del protagonista. El viaje nocturno de Bill Harford no es tanto un desplazamiento físico como una inmersión en las zonas más ambiguas de la conciencia.
Con el paso de los años, la película ha experimentado una profunda reevaluación crítica. Hoy es considerada por muchos como una de las obras más audaces y personales de Kubrick, además de una pieza esencial para comprender el conjunto de su filmografía. Vista desde la distancia, funciona casi como una despedida artística: una meditación sobre el deseo, la incertidumbre y la imposibilidad de conocer por completo a la persona que tenemos al lado, incluso cuando creemos amarla.
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Juanfran López es una actor, director y guionista nacido en Granada. La lágrima de Géminis o La isla de Fa son algunos de los largometrajes que ha dirigido. En 2025 ha estrenado el cortometraje Party no Party. Cuenta con experiencia en el ámbito del audiovisual. En lo referente a la interpretación, ha protagonizado distintos papeles en algunas de las películas que ha dirigido. Además, su faceta artística pasa por la creación de guiones y diseño del storyboard.