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Conversaciones con Jone Laspiur: cine y euskera

La actriz donostiarra Jone Laspiur (1995) pertenece a una generación que ha devuelto al cine vasco su idioma y su identidad. Ganadora del Goya a Mejor Actriz Revelación por Ane (2021), su nombre se asocia ya a una forma de interpretar que combina sensibilidad y compromiso. En los últimos años ha participado en películas como Akelarre, Maixabel y La isla de los faisanes, historias que, de una u otra forma, reflexionan sobre la memoria, la frontera o el territorio.

Hablamos con Jone para reflexionar sobre este momento que muchos llaman el renacimiento del cine vasco, sobre el poder del euskera en pantalla y sobre esa fina línea entre el arte y la responsabilidad.

El momento del cine vasco

El cine vasco, dice Jone, vive “un momento de auge”. “Este año se han presentado seis
películas en euskera, y otros tantos proyectos se han rodado en el País Vasco”, explica.
“Evidentemente los incentivos fiscales tienen que ver con esto, pero además creo
firmemente que se está conformando una tradición de cine que lleva consolidándose
durante muchos años gracias al esfuerzo de toda esa gente que no dejó de hacer cine aquí.
Quiero decir que siempre se ha ido a Madrid a hacer cine, ha estado muy centralizado
durante muchos años, pero hubo gente que se quedó en sus casas y que trabajó por
producir sus películas en su lugar de origen y en su lengua. Gracias a ellos, que eran unos
pocos, tenemos ahora este terreno mucho más allanado.”
Jone creció viendo películas locales como 27 horas, Obaba o Aupa Etxebeste, y series de la
televisión vasca como Goenkale o Wazemank. “Jamás pensé que terminaría siendo parte
de ello (…). Yo admiraba esas actrices y actores, era algo que me quedaba lejísimos, y
ahora he tenido la suerte de coincidir o trabajar con muchos de ellos, a veces no me creo
que yo sea parte de todo esto.”, confiesa la joven.

Actuar en euskera: identidad y resistencia

Cuando le pregunto qué significa para ella actuar en euskera, su tono cambia ligeramente:
se vuelve más íntimo. “El euskera es mi primera lengua, la que uso en mi día a día. Me he
configurado con ella. Me conecta con mis antepasados, con la historia de nuestro país y con
lo político”, dice. “Fue una lengua prohibida, y el hecho de que haya llegado hasta mí
significa que hubo gente antes que hizo grandes esfuerzos y sacrificios. Toda esa carga
está ahí, siempre, y me conecta mucho más cuando trabajamos temas locales sobre todo,
como ha sido el caso de Karmele.”
El euskera, para ella, no es solo un idioma, sino su identidad. Y cuando lo lleva al cine, lo
hace también como una forma de devolverle espacio público, de normalizarlo más allá de lo
institucional. “Hay niñas y niños que creen que el euskera solo se usa en el colegio porque
no lo ven en otros aspectos de sus vidas. Que lo vean en el cine o la televisión amplía
muchísimo esa visión.”
Yo, que también vengo de una lengua cooficial —el valenciano—, le confieso que entiendo
perfectamente esa idea: hablar y crear en tu lengua es una forma de resistencia cultural.
Ella asiente, y añade que también le gustaría trabajar en otros idiomas: “Cada lengua te da
algo distinto.”

Fronteras visibles e invisibles

En La isla de los faisanes, Jone interpreta a una joven artesana de gigantes y cabezudos en un islote
situado entre Francia y España. La película aborda las fronteras físicas y simbólicas, y la
actriz reconoce que el rodaje le dejó una huella profunda.
“Lo que más me removió fue el sentido de injusticia y frustración”, cuenta. “El ver que somos
una pequeña parte haciendo lo que podemos mientras son las autoridades y los gobiernos
los que toman las decisiones que afectan a miles de personas, y que las leyes y la
burocracia muchas veces van por encima de la humanidad. El ver que el tema de la
migración es un problema radical muy establecido y que es parte de toda una estructura y
un sistema muy perverso y difícil de cambiar.”
Durante el rodaje, Jone descubrió algo: “Te das cuenta de que todo eso convive con
nosotros, pero de forma invisible. Mientras hacemos nuestras vidas, hay gente intentando
cruzar la frontera que tenemos al lado de casa o durmiendo debajo del puente que
cruzamos cada día. Lo fuerte es que nos hemos acostumbrado a educar la mirada para no
verlos.”
Sus palabras resuenan con una claridad incómoda. Habla sin dramatismos, pero con
convicción. Su cine tiene siempre una dimensión ética.

El compromiso y la elección de historias

Las películas de Jone suelen tener un trasfondo político o social. Le pregunto si lo busca
conscientemente o si simplemente le atraen esas historias. “Es curioso esto, realmente no
soy yo la que elige esos proyectos directamente, son ellos quienes me eligen a mí, supongo
que tiene que ver con la imagen que proyecto, así que tal vez indirectamente sí que sea yo
quien las elija”, responde entre risas.
De hecho, su siguiente proyecto será algo completamente distinto: una película de terror.
“Estoy encantada. Me gusta probar, salir de lo esperado. No quiero quedarme solo en un
tipo de cine.”
Para Jone, el cine tiene un poder transformador. “El cine sirve para ponernos espejos, para
mostrarnos realidades que no conocemos o que ni podríamos imaginar. Esa es la magia del
cine para mí, que nos abre infinitas puertas. Me gustaría contar cualquier cosa que nos
haga sentir mucho, que conmueva como humanos, que nos haga entender al otro, a
entender más y mejor.”

El oficio de actriz

Sobre su metodología actoral, Jone resume así su manera de aproximarse a los personajes:
“He de decir que trabajo mucho desde la intuición y desde las experiencias acumuladas que
se van quedando incluso sin que nos demos cuenta. El pensamiento también suele estar
muy presente, intento racionalizar, entender al personaje y sus circunstancias, y
preguntarme todo el rato por qué hace mi personaje las cosas que hace, desde dónde
vienen sus decisiones y qué es lo que le mueve. Y después del trabajo de mesa o de guion
lo que me queda es el sentir, y confiar en los personajes.”
Su visión del oficio es casi filosófica. “Ser actriz te pone espejos una y otra vez. Te hace
cuestionarte, te enseña a escuchar. Te lleva a vidas a las que de otra forma no accederías.
Es una fuente inagotable de aprendizaje.”

Siempre nos quedará una película

Antes de despedirnos, le pregunto cómo imagina el futuro del cine vasco. Piensa un instante
y responde con claridad: “Me gustaría ver temas universales tratados en euskera. Que
nuestra lengua refleje la comunidad que somos, pero que también pueda hablar de lo que
nos atraviesa a todos. Y ojalá nos acostumbremos a ver diferentes dialectos del euskera en
pantalla.”
Hay algo profundamente esperanzador en su manera de decirlo. Quizás eso sea lo que
define a Jone Laspiur: una artista que no entiende el cine como una huida del mundo, sino
como una forma de habitarlo.
“El cine me hace feliz. Es una forma de mirar, de entender, de estar viva. Y eso ya lo cambia
todo.”

Puedes leer más artículos como este en: Revista Nº2

Paula Moliner Brau es historiadora del arte y periodista cultural. Colabora con medios como Makma y Revista Saó, donde escribe sobre cine y cultura contemporánea. Ha trabajado en proyectos de gestión cultural en Espai Inestable (València), y es comisaria de la exposición “Vinaròs.jpg. La mirada fotogràfica de la gent del poble”, premiada en el IV Concurs Activa Cultura de la Universitat de València. En 2025 formó parte del Campus de Verano de la Academia de Cine, la Universitat de València y Netflix, donde realizó un cortometraje a partir de fotografías dañadas por la dana. Su trabajo combina mirada crítica, sensibilidad visual e interés por la memoria, el arte y los relatos periféricos.

@Asier Corera_Imágenes Jone Laspiur

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