‘EMPATÍA’
La serie que entiende que ya no vivimos, gestionamos daños
Cuando Rafa Russo te recomienda algo, una hace dos cosas: callarse y darle al play. No por fe ciega, aunque un poco también, sino porque hay gente que todavía mira la ficción con los ojos bien puestos y el alma sin rebajas. Y Rafa es de esos. Así que vi Empatía por su culpa. O gracias a él. Y salí de ella con esa rara sensación que dejan las buenas series: la de no haber visto solo una historia, sino un diagnóstico.
Hay series que entretienen. Hay series que acompañan. Y luego está Empatía, que hace algo bastante más raro: te mira a la cara como si supiera perfectamente cuántas veces hoy has dicho “estoy bien” sin estarlo. La serie, creada y protagonizada por Florence Longpré, sigue a Suzanne, una excriminóloga reconvertida en psiquiatra que llega al Instituto Psiquiátrico Mont-Royal, donde se cruza con pacientes en crisis y con Mortimer, un agente de intervención interpretado por Thomas Ngijol. Son 10 episodios y ganó el Premio del Público en Series Mania 2025.
Lo primero que hace bien Empatía es no tratar la salud mental como la trata internet. Y eso, en 2026, ya es un milagro. Vivimos en una época en la que todo el mundo sabe pronunciar “ansiedad”, “trauma” y “narcisista” con una soltura que haría pensar que medio país ha hecho un doctorado y la otra mitad ha sobrevivido a tres sectas. Nunca se había hablado tanto del dolor y nunca se había escuchado tan mal. Todo viene subtitulado, simplificado y empaquetado para consumo rápido: una infografía, un reel, una frase con tipografía amable sobre fondo beige. La salud mental se ha convertido en una mezcla entre religión, negocio y accesorio moral. Y en medio de todo ese ruido, aparece una serie que, en vez de dar lecciones, observa. Que no te da un mapa del sufrimiento: te mete dentro.

Eso es lo que vuelve tan buena a Empatía. No va de “personajes rotos” en el sentido decorativo del término, ese que tanto le gusta al audiovisual contemporáneo cuando quiere parecer profundo sin mancharse demasiado. Aquí la fragilidad no es una pose premium ni una excusa para el lucimiento interpretativo. Aquí la fragilidad pesa. Desordena. Contamina las conversaciones, los gestos, las decisiones. Suzanne no entra en escena como una santa de la psiquiatría ni como una heroína funcional con ojeras fotogénicas. Entra herida. Y la serie tiene la inteligencia de no convertir esa herida en eslogan.
Lo segundo que hace bien es algo todavía más difícil: encuentra humor donde casi nadie se atrevería a buscarlo. Y no un humor facilón, de chiste de alivio para que el espectador respire tranquilo y vuelva a sentirse una buena persona. No. Aquí hay humor negro del bueno: el que no trivializa el dolor, sino que lo humaniza. Porque el sufrimiento real, por desgracia o por suerte, no siempre entra con violines. A veces entra diciendo una barbaridad, llegando tarde, tropezando con una silla o soltando una frase tan absurda que uno se ríe por puro agotamiento. Cualquiera que haya estado cerca del derrumbe propio o ajeno lo sabe: a veces uno no se ríe a pesar del dolor, sino por su culpa. Y Empatía entiende esa música rara.
La serie tiene además un hallazgo muy poco frecuente: comprende que la salud mental contemporánea ya no es un “tema”, sino el aire del tiempo. No estamos ante un problema sectorial, como quien habla del cultivo del pistacho o de la regulación de drones. Estamos ante el clima emocional de nuestra época. Dormimos peor, pensamos peor, queremos más aprobación que descanso, confundimos conexión con exposición y llamamos autocuidado a pedir sushi después de una semana de colapso nervioso. Nos han vendido una idea de bienestar que consiste, básicamente, en seguir produciendo mientras lloras de una forma mona. En ese contexto, Empatía no parece una serie sobre psiquiatría: parece un documental secreto sobre nosotros.
Y qué gusto, además, encontrarse con una ficción que no subestima al espectador. La serie no se comporta como ese amigo insoportable que ha descubierto tres conceptos de apego y ahora diagnostica a toda la mesa antes del postre. No te explica cada emoción, no te traduce cada herida, no te pone un subtítulo terapéutico sobre la frente. Confía en que entiendas. Confía en que sientas. Confía, en definitiva, en que todavía queda en el espectador algo más noble que la necesidad de consumir historias como quien desliza pantallas de un catálogo infinito mientras cena sin hambre.

Florence Longpré, como creadora y actriz, hace algo aún más difícil: consigue que lo compasivo no sea cursi. En un momento cultural en el que la empatía se ha convertido en una palabra manoseada por departamentos de marketing, discursos corporativos y gente que te dice “te abrazo” por WhatsApp mientras te ignora durante seis meses, Empatía rescata el sentido incómodo del término. Empatizar aquí no es aprobar, ni sonreír, ni posar de sensible. Es mirar de frente lo que desordena. Es acercarse al dolor sin convertirlo en un selfie moral. Es, a veces, no tener respuesta y quedarse igual.
Por eso recomiendo tanto esta serie. Porque no se limita a contar una historia: retrata un cansancio colectivo. El de quienes ayudan y ya no pueden más. El de quienes necesitan ayuda y sospechan, con razón, que van a llegar tarde al turno de la escucha. El de quienes intentan seguir funcionando mientras por dentro tienen el sistema operativo en llamas. Y todo eso sin perder ni pulso narrativo ni filo ni humanidad.No es poca cosa. En televisión abundan las series que quieren ser importantes y acaban siendo solemnes; las que quieren ser valientes y solo son ruidosas; las que quieren hablar del presente y parecen un hilo de redes sociales con presupuesto. Empatía no. Empatía tiene mirada, tiene nervio, tiene ironía y tiene algo mucho más valioso que todo eso junto: verdad. De esa que no necesita levantar la voz para dejarte hecho polvo.
Así que sí: ve a verla. Ponte cómodo, apaga el móvil si todavía recuerdas cómo se hace eso, y dale una oportunidad a una serie que entiende algo esencial sobre nuestro tiempo: que ya no vivimos exactamente en una sociedad sana con personas enfermas, sino en una sociedad enferma donde cada uno intenta, como puede, llegar cuerdo a la cena.
Y pocas ficciones recientes han contado eso mejor.
Gracias Rafa.
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Mapi Romero es guionista, escritora y autora de los thrillers Infiel y Obsesión. Ha publicado libros infantiles como Mariola y el mundo y dos destacados poemarios. Su última obra, Cartas al tiempo, es un poemario que invita a descubrir la belleza en lo efímero, en esos momentos que suelen pasar desapercibidos, pero dejan una huella imborrable en el corazón.
Actualmente, trabaja en el sector audiovisual, donde los sueños se transforman en historias.