|

En el mundo audiovisual, nadie te está esperando, y eso no tiene porqué ser una mala noticia

Voy a empezar abriendo una puerta que no te explican en la universidad, o en una escuela de cine o en ningún curso. Ninguna productora te va a escribir para decirte: “Te necesitamos, escríbenos un guion” o “dirige esta película” o “te queremos de protagonista esta serie”. Eso no va a pasar. No es que no lo merezcas, no es porque no seas bueno o buena. Es porque esto no funciona así. Al menos cuando se camina entre mortales.

No quiero desilusionarte, pero es mejor saberlo cuanto antes: nadie está ahí fuera esperando a descubrirte. No hay una oficina con tu nombre escrito en una pizarra. No hay un productor revisando correos a la espera de que le llegue justo tu historia. Las productoras no son oráculos ni tienen un sexto sentido para detectar el próximo talento. Ninguna productora te está esperando.

¿Sabes cuántos guiones o ideas llegan cada semana a una productora de tamaño mediano? (Y no hablo de las grandes, sino de esas medianas o pequeñas que se pelean cada año por presentar un proyecto a una subvención). Cientos de proyectos. La mayoría de las veces, no se leen. O se leen por encima. Y, sinceramente, es entendible. Tengo un amigo productor ejecutivo que, en una mesa auxiliar de su despacho, tiene apilados unos veinte manuscritos de distintos autores que, con todo su cariño, le han hecho llegar sus guiones. Le pregunté: ¿Han llegado este mes? —No —me respondió—, han llegado esta semana.

Se me vino el mundo abajo. Porque, al final, nuestro trabajo es eso: un manuscrito que tiene que destacar entre decenas, a veces sólo por el título.

Hay tratamientos bien escritos, sinopsis prometedoras, ideas que están llamadas a ser “la próxima gran historia”. Y aun así, la mayoría se queda fuera. No porque no tengan valor, sino porque no hay espacio, porque la lista ya está llena, porque el presupuesto es limitado, porque ese año buscan otra cosa, porque tu historia se parece demasiado —o demasiado poco— a lo que entienden como viable. O, sencillamente, porque no. Tristemente que un proyecto salga adelante casi nunca depende de la calidad del guión.

Entrar en el mundillo es jodido. No hay atajos. No existe un algoritmo secreto. A menos, claro, que tu apellido sea Amenábar, Almodóvar, Coixet o Trueba… en ese caso, este texto no es para ti. Si no es así, sigue leyendo.

Lo que te decía… hay esfuerzo, sí. Hay constancia, también, pero hay algo más: una dosis de suerte que no podemos controlar. Y muchas veces, una puerta que se abre porque tú ya la habías empujado mil veces antes.

Y tampoco voy a caer en el otro cliché: eso de que “con esfuerzo todo se consigue”. Porque no. No todo se consigue. Hay gente que trabaja mucho, muchísimo y no llega. Hay personas con talento, con garra, con voz… que no logran vivir de esto. No por falta de mérito, sino porque el sistema no siempre premia la calidad. Porque no hay tarta para todos. Porque muchas veces, la oportunidad no llega. Punto.

Pero hay una buena noticia, hay un plan. O mejor dicho, tú puedes hacerte uno, porque nadie lo va a hacer por ti. Uno que no dependa de que alguien te elija. Uno que no tenga como primer paso esperar a que suene el teléfono. Uno que no empiece con “algún día me llamarán”, sino con “hoy empiezo por aquí”.

Tu plan no tiene por qué ser grandioso. Puede ser realista, humilde, concreto, imperfecto. Puede empezar con escribir una página cada día. Con rodar un corto sin dinero, pero con una idea clara. Con hacerte un canal, un podcast, un portfolio… Con conectar con otras personas que estén tan locas como tú como para seguir creyendo en esto. Porque la única forma de que alguien, algún día, apueste por ti, es que tú ya lleves tiempo apostando por ti mismo.

Y eso sí depende de ti.

Nos lo han contado muchas veces: si escribes algo bueno, alguien lo leerá. Si ruedas con talento, te verán. Es un relato bonito, reconfortante. Pero también es una trampa.

Ese discurso presupone que hay alguien ahí fuera, atento, vigilante, con tiempo y disposición, buscando activamente “la nueva voz”, ese autor o autora brillante que aún no ha tenido su oportunidad. Spoiler: no.

Las productoras, los festivales, las cadenas… no están escaneando constantemente el horizonte en busca de genios desconocidos. Están desbordados, con agendas apretadas, con pilotos en desarrollo, presupuestos que ajustar, y a menudo, priorizan lo que ya conocen. Lo que les suena. Lo que se parece a lo que ya ha funcionado.

Entonces, ¿cómo se rompe esa invisibilidad? Con trabajo, con insistencia. Con estrategia. Con tiempo. Con presencia.

Mira el caso de Carla Simón en Verano 1993. Sí, lo primero que hizo fue escribir. Pero no se quedó esperando a que alguien le validara el guión. No fue de productora en productora pidiendo que creyeran en ella sin más. Lo que hizo fue crear un recorrido. Un camino. Una narrativa profesional alrededor de su historia. Se metió en todos los labs posibles: Torino Script Lab, Berlinale Talents, las Residencias de la Academia de Cine… Estuvo años desarrollando esa película, puliéndola, exponiéndola en contextos internacionales, con mentores, asesores…. Lo que hizo fue construir credibilidad antes de tener visibilidad.

Y entonces sí, llegó la película. Y Cannes. Y los premios. Y el reconocimiento.

Pero si hoy Verano 1993 parece un debut revelación, es porque no vemos todo lo que hubo antes: el proceso largo, invisible, meticuloso, previo al descubrimiento. Nadie vino a buscarla. Fue ella quien se presentó —una y otra vez— hasta que dejaron de poder ignorarla. Y hay que tener muchas narices, no lo dudo, para creer en algo, en una historia e ir hasta las últimas consecuencias.

Pero no es solo un caso aislado.

Lo mismo con Paco León, que después de muchos éxitos como actor, decidió financiar él mismo Carmina o revienta. ¿Por qué? Porque nadie se la quería producir tal y como él la imaginaba. ¿Y qué pasó? Que funcionó. Que marcó un estilo. Que abrió camino.

El descubrimiento es una ilusión retroactiva. Nadie “te descubre”. Lo que ocurre es que tú trabajas en silencio hasta que alguien —un día, por fin— te ve. Pero para que eso pase, primero tienes que estar ahí. Mostrando tu trabajo. Exponiéndote. Fabricando tu propio escaparate.

Creer que basta con hacer algo “bueno” es ingenuo. Lo bueno sin estrategia rara vez cruza la puerta. Lo que cruza la puerta es lo bueno que insiste. Lo que se mueve. Lo que se adapta sin traicionarse.

Así que olvídate de que alguien va a venir a rescatarte de tu anonimato. No va a pasar. Y la buena noticia es que no hace falta.

Ruido, saturación y una puerta muy pequeña

Vivimos en un ecosistema audiovisual saturado. No de talento —que lo hay— sino de oferta. En una productora española media pueden llegar perfectamente entre 5 y 10 guiones por semana. Multiplica eso por meses, por años. Y eso sin contar los mails espontáneos, los contactos que vienen por recomendación, los concursos de pitching, las residencias, las ayudas públicas con proyectos en cola… Es muchísimo ruido.

No es que los guiones sean malos. Muchos están bien escritos, tienen ideas potentes, personajes que respiran. Pero el problema no es la calidad, es la cantidad. Las productoras no tienen la capacidad de leer todo lo que reciben. Algunas hacen una primera criba sin leer ni cinco páginas. Otras solo leen si alguien de confianza recomienda el proyecto. La mayoría no contestan.

A esto súmale los pitch forums. El nombre suena bien: “presentar tu proyecto ante la industria”. Y es cierto que hay valor en participar. Pero también hay que ser honestos: en muchos casos, son espacios saturados, competitivos y poco íntimos, donde tu historia se convierte en un número más entre decenas.

Vas con toda la ilusión del mundo. Tu historia bajo el brazo. Un cartel bonito. Un teaser. Una carpeta con tratamiento, presupuesto, escaleta y moodboard. Crees que por fin alguien se va a fijar. Pero llegas y te ves en una mesa compartida con otros 40 proyectos, cada uno con su universo, su dossier espectacular, su padrino de lujo o su actor conocido adjunto.

¿Qué haces ahí? Sobrevivir. Aprender. Adaptarte. Observar. Y si puedes, conectar. Pero rara vez saldrás de ahí con un contrato firmado. A lo sumo, con un mail prometido. O con una pista.

Y aun así, puede valer la pena.

Una amiga guionista llegó a uno de estos foros con un proyecto personalísimo sobre la tercera edad. Un drama familiar, sin grandes giros, sin estrellas, sin high concept. Un productor le dijo: “Está muy bien, pero esto no tiene mercado ahora mismo”. Traducción: nadie va a poner un duro en esto.

Podría haber tirado la toalla. Pero no lo hizo. En lugar de reescribir todo para agradar, lo que hizo fue repensar su estrategia. Cambió el tono del teaser. Se apoyó en asociaciones de mayores. Llevó el proyecto a espacios europeos donde el tema tenía más sensibilidad. A los dos años, ganó una ayuda MEDIA y luego una ayuda de guión  del ICAA.

No cambió la historia. Cambió cómo moverla. Eso es clave. Porque muchas veces, el problema no es el contenido. Es el contexto. No es lo que cuentas, es cómo lo haces llegar.

Y aquí es donde mucha gente se frustra, y me frustro. Porque sienten que tener una buena historia debería bastar. Pero no basta. Hay que saber navegar el ruido. Filtrar lo útil de lo accesorio. Saber cuándo insistir y cuándo mutar la forma.

La puerta existe, pero es pequeña. Y no se abre sola. Tienes que saber por dónde entrar, cuándo llamar y con qué decir “estoy aquí”.

Y, sobre todo, tienes que entender que muchas veces no se trata de gustar, sino de resonar. De encontrar el lugar y el momento en el que tu historia deja de ser “una más” para alguien.

Tu plan: dejar de pedir permiso

Durante años nos han educado en la cultura de la validación. Del “sí, pero ¿quién te lo ha producido?”, del “está bien, pero ¿dónde lo han estrenado?”. Como si hacer cine o contar historias solo fuera legítimo cuando alguien con poder te da luz verde. Como si tu voz necesitara permiso para existir.

Ya no funciona así. O mejor dicho: nunca debería haber funcionado así.

Hoy, más que nunca, tienes herramientas al alcance. No todas, claro. No el presupuesto, no las cámaras de cine, no los focos. Pero tienes algo más valioso: la posibilidad de empezar sin esperar. De construir antes de que te den una oportunidad. De inventarte tu espacio cuando no te dan uno.

Piensa en la serie Romancero. Sus creadores, Fernando Navarro y Tomás Peña, no partieron de un encargo. Nadie vino a buscarles con una alfombra roja y un cheque. Empezaron grabando teasers con estética de videoclip, piezas sueltas, sin estructura narrativa clásica, pero con una identidad visual arrolladora. Gótico andaluz, adolescencia salvaje, violencia lírica. No esperaron el sí de nadie. Y ese atrevimiento, esa personalidad, empezó a resonar. Lo movieron con inteligencia. Y eso abrió puertas de 100 Balas (The Mediapro Studio).

¿Y qué me dices de David Sainz y Malviviendo?. Cero contactos. Cero euros. Solo una pandilla de amigos, un barrio como escenario —el de verdad, el suyo—, y una idea clara: reírse del género desde dentro, desde el margen. Rodaron un piloto sin pedir permiso a nadie. Lo subieron a YouTube cuando YouTube aún era un desierto. Y explotó. Visitas, seguidores, repercusión. Al punto que montaron su propia productora, crearon más series y construyeron una voz con marca propia: descarada, libre, sin complejos. Todo porque no esperaron.

Tu plan puede empezar igual. No con todo resuelto, no con todo perfecto, sino con lo que tengas hoy. Escribiendo aunque no sepas para quién. Rodando aunque no tengas una Alexa. Usando tu móvil, tu barrio, tu gente. Subiendo cosas que no se parezcan a nada porque nacen de ti, no del molde.

Y no se trata de romantizar la precariedad. No se trata de glorificar el “hazlo tú mismo” como si fuera una solución universal. Porque sabemos que no lo es. Que hay brechas, que hay barreras estructurales. Pero mientras todo eso cambia —y hay que pelear para que cambie— tú puedes empezar a construir tu camino desde ya.

Que no sea perfecto. Que al menos sea tuyo. Porque lo único que no te pueden quitar es tu mirada. Y si no la muestras, nadie la va a imaginar por ti.

Dejar de pedir permiso es empezar a existir como creador. Aunque duela. Aunque cueste. Aunque al principio no te escuche nadie. Porque el silencio también se llena. Pero solo si alguien empieza a hablar.

Crea comunidad, no contactos

Hay una gran mentira que flota sobre el mundo del cine (y en general sobre cualquier industria creativa): la idea de que necesitas «hacer contactos» para llegar a algún sitio. Como si todo fuera cuestión de ir a cócteles, de repartir tarjetas, de colarte en fiestas de industria donde una charla informal con “alguien que conoce a alguien” te abrirá las puertas. Puede pasar, claro. Pero es una estrategia tan débil como frágil. Porque los contactos, sin vínculo, no sostienen nada.

En cambio, crear comunidad sí.

En 2019, una guionista de Madrid —recién salida de una residencia, sin curro, sin representante— creó un simple grupo de WhatsApp con otros guionistas en la misma situación. Todos en el paro. Todos con proyectos sin producir. Hoy, ese grupo es una red viva. Se comparten convocatorias. Se piden lecturas. Se hacen coberturas entre ellos. Se avisan de prácticas abusivas. Se recomiendan. Y lo más importante: se acompañan.

Algunos ya están en salas de guión escribiendo para series que seguramente has visto en plataformas. ¿Qué les llevó allí? Sí, talento. Sí, perseverancia. Pero también esa red invisible de personas que confían unas en otras. Que se ayudan a no caerse.

Esto no va de tener agenda. Va de hacer equipo.

Piensa en tus compañeros —de máster, de talleres, de foros, de la escuela o del bar— no como competencia, sino como gente que también está en el barro. Personas que, como tú, están intentando contar algo. A lo mejor tú escribes, alguien más sabe animar. Otro monta. Otro pone música. Y de repente, tenéis un corto. Y ese corto se ve. Y eso genera otro proyecto. Y otro.

Es así como empieza a tejerse el camino.

Mira el caso de Los Javis: su núcleo creativo no surgió de contactos estratégicos con la industria, sino de amistades, afinidades y complicidades forjadas durante años. Cuando hicieron La llamada, ya llevaban tiempo colaborando con actores, músicos, técnicos… la obra empezó en el hall del Teatro Lara, literalmente en el vestíbulo del teatro, no empezó ni en una sala independiente. Y cuando llegó Paquita Salas, no fue una jugada de networking: fue una serie hecha con amigos, desde la intuición, subida y luego viralizada. ¿Y qué pasó después? el boom en Netflix. Éxito. Industria. Pero todo vino después de la comunidad.

La comunidad no solo te apoya: te legitima o te hunde. Cuando alguien que confías recomienda tu trabajo, eso pesa más que cualquier tarjeta de visita. Porque hay historia detrás. Porque no eres “uno más” que busca trabajo: eres alguien con quien ya han colaborado, alguien con quien quieren volver a trabajar.

Y en una profesión donde la normalidad es el fracaso, la soledad, tener con quién hablar de lo que haces, de lo que te frustra, de lo que no sabes cómo resolver, es oro. Es lo que te mantiene escribiendo cuando el guión parece una montaña. Es lo que te empuja a rodar cuando no hay dinero. Es lo que te hace quedarte cuando todo te dice que te vayas.

No subestimes eso. No pienses que «hacer comunidad» es una opción secundaria. Porque es la única red real que puedes construir desde ya, sin esperar a nadie.

Y quién sabe: el que hoy comparte contigo un enlace, mañana puede presentarte a alguien que produzca una película.

Redefinir el éxito

En una escuela de cine de Barcelona, un profesor de Teoría de la Comunicación, lanzó una pregunta aparentemente sencilla: “¿Qué significa para vosotros tener éxito?”. Las respuestas fueron un desfile de expectativas muy reconocibles: trabajar en una serie de televisión de renombre, ganar o estar nominado a un Goya, firmar un contrato con una plataforma de streaming. Todo asociado a hitos visibles, a grandes escaparates, a premios y titulares.

Pero entre esas respuestas, sólo una fue diferente. Una chica, tímida, pero con la mirada clara, dijo:
 “Para mí, éxito es vivir de esto, aunque no sea glamuroso.”

Puede que no se parezca a la idea que muchos tienen del “éxito” en la industria audiovisual, pero esa frase contiene una verdad profunda.

Hoy, esa chica trabaja como guionista a tiempo completo en un canal de YouTube de ciencia. No está en los photocalls ni en festivales, pero escribe cada día, cobra por ello y vive de contar historias. Está haciendo lo que ama, y eso para ella es éxito. Una carrera construida paso a paso, en proyectos que a veces no llaman la atención masiva, pero que la mantienen creando y creciendo.

Esa es la realidad que muchos olvidan.

A veces creemos que si no nos llama Almodóvar, Cannes, San Sebastián o un mega-estreno, no vale. Que sin un Goya, un contrato millonario o un éxito viral, no somos nadie. Pero el éxito no es una foto perfecta ni un titular.

El éxito es una trayectoria. Es la suma de pequeños pasos invisibles, de días escribiendo cuando no apetece, de rodajes improvisados, de rechazos que se superan, de otros que no, de colaboraciones que se construyen. Todo eso acumulado, acaba llevando a un lugar con el que soñabas. O a uno incluso mejor, más real y satisfactorio.

Porque lo cierto es que cada persona tiene su propia definición de éxito. Para unos, será estrenar en un gran festival; para otros, poder mantener una carrera estable, poder dedicarse a la creatividad sin que la precariedad les ahogue.

Y eso es lo que importa: hazlo por ti. Porque tienes algo que contar. Porque no puedes no hacerlo. Porque tu voz es necesaria, aunque no siempre se escuche en la primera fila. Lo otro —la llamada de la productora, el encargo, el premio— quizá llegue. O quizá no. Pero no es el plan. El plan eres tú.

El plan es construir, disfrutar del camino que puedas recorrer con orgullo, con libertad y con sentido. Ese plan empieza cuando dejas de esperar que alguien te dé permiso para contar tu historia.

Y eso, amigo o amiga, es el verdadero éxito.

Puedes leer más artículos como este en: Revista Nº1

Juan J. Bargues es guionista, director y productor audiovisual. Ha colaborado en producciones como Éxodus: Dioses y Reyes, Nunca olvides o Perdida. Ha participado como guionista en el largometraje de animación El Americano. Lucía, La última vez y Besando la lona son algunos de los cortometrajes que ha dirigido, además de The Ultimate Hideaway, pieza rodada en inglés. Es autor de la novela Es una lástima que la oscuridad no sea dolorosa.

Fotografías del artículo aportadas por el autor del texto

Publicaciones Similares

2 comentarios

  1. Fantástica publicación, Juanjo, de corazón. Al margen de estar maravillosamente escrita, se halla en la justa y complicada encrucijada entre el realismo y el optimismo. ¡Impecable! Se la recomendaré a varios alumnos y ex alumnos a los que tu artículo les hará mucho bien. Muchas gracias por escribir y ser así. Un abrazo.

  2. Me he sonrojado y sorprendido un poco al leerte, Santiago, porque en realidad la idea original de este artículo no fue mía… fue tuya. Probablemente no lo recuerdes, pero esta reflexión es, en gran parte, un extracto de una conversación que tuvimos hace ya demasiado tiempo.

    Habías querido que te contara cómo había ido una producción, y me citaste en la cafetería del CEU. Estuvimos casi dos horas hablando, en algunos momentos discutiendo, y todo aquello me caló. Me ayudaste a entender muchas cosas, a poner los pies en el suelo, y diría que fue la base de todo lo que estoy haciendo ahora. Ojalá hubiera grabado aquella charla, pero este artículo es, de alguna forma, un resumen de lo que me dijiste. Mil gracias, Santi, de corazón, por empeñarte en seguir remando a nuestro lado.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *