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Los que miran de frente a la oscuridad

Una carta de amor al cine, ese animal herido que aún respira en la penumbra de una sala.

No sé en qué momento el mundo dejó de hablar en voz baja cuando las luces se apagan. Ni cuándo empezamos a revisar el móvil durante la escena más importante. Tal vez fue cuando los créditos dejaron de importar, o cuando aprendimos a ver películas mientras planchábamos o cocinábamos. Lo cierto es que, entre scrolls y capítulos que se reproducen solos, hemos olvidado que el cine no era solo una forma de entretenerse: era un pacto. Entre quien contaba la historia y quien, en silencio, aceptaba entrar en ella.

Pero hay algo que no muere. Algo que sigue resistiendo en ese último refugio humano. En la respiración compartida de una sala oscura. En la mirada de un personaje que no existe pero nos comprende. En el momento exacto en el que una música, un plano, un silencio, nos dice algo que nadie más ha sabido decirnos.

El cine no es solo una industria —aunque lo sea— ni una religión laica —aunque algunos lo vivamos como si lo fuera—. El cine es un espejo que, incluso roto, siempre nos devuelve una parte de nosotros. Lo esencial no es que la imagen sea nítida, sino que contenga verdad. Aunque duela. Aunque moleste. Aunque no se lleve.

Los grandes cineastas, los verdaderos, no son expertos en marketing ni vendedores de humo. Son personas que se atreven a mirar donde los demás apartan la vista. Pienso en Coppola hablando del poder y de la culpa. En Almodóvar filmando madres con el corazón abierto. En Eastwood preguntándose qué es la justicia. En Spielberg poniendo a un niño a volar en bici para explicarnos el abandono. En Scorsese tratando de entender la violencia. En Chazelle contándonos que a veces los sueños cuestan más que lo que valen. En “Cinema Paradiso”, que nos enseñó que el amor por el cine también puede doler.

La imagen, cuando es cine, no grita: susurra. No dice: evoca. No demuestra: sugiere. Porque el cine no es la realidad, es su sombra. O su eco. O su cicatriz.

Y sin embargo, vivimos tiempos difíciles para los que aún creen en el misterio. En la pausa. En la emoción que se cuece a fuego lento. Las películas se consumen, no se ven. Se etiquetan, no se sienten. Se trocean para las redes. Y mientras tanto, una generación entera ha crecido sin saber lo que se siente al salir del cine con un nudo en el estómago. Sin saber lo que es mirar a alguien después de los créditos, en silencio, y que con solo una mirada, los dos sepáis que habéis vivido algo.

No, el cine no ha muerto. Ni morirá. Porque siempre habrá alguien dispuesto a contar una historia aunque no sepa si alguien la escuchará. Alguien que filma porque no sabe vivir de otra manera. Alguien que confía en que, si la cámara está en el lugar preciso, si el actor dice la frase con la voz justa, si la música entra en el momento adecuado… entonces, ocurrirá el milagro.

Un milagro que no se puede resumir en una sinopsis. Ni se mide en trending topics. Un milagro que, por un instante, nos recuerda que no estamos solos. Que alguien más ha tenido miedo. O rabia. O amor. O esperanza.

Y esa es, al final, la promesa secreta del cine: hacernos humanos en la oscuridad. Mostrarnos, con cada plano, que el dolor puede tener forma. Que la belleza aún importa. Que hay verdades que solo pueden decirse a 24 fotogramas por segundo.

Así que mientras quede una sala abierta, una historia por contar, una actriz que diga la frase con ese temblor irrepetible, el cine seguirá vivo.

Aunque lo ignoren.

Aunque lo nieguen.

El cine es, y será siempre, ese lugar al que vamos cuando ya no sabemos a dónde ir. Y donde, sin saber cómo, nos encontramos.

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Fotografías aportadas por la autora del texto

Mapi Romero es guionista, escritora y autora de los thrillers Infiel y Obsesión. También ha publicado libros infantiles como Mariola y el mundo y dos destacados poemarios. Su última obra, Cartas al tiempo, es un poemario que invita a descubrir la belleza en lo efímero, en esos momentos que suelen pasar desapercibidos, pero dejan una huella imborrable en el corazón. Disponibles en Amazon. Mapi colabora en libros solidarios como 30 mujeres fascinantes y en cuentos infantiles destinados a recaudar fondos para los más pequeños.
Actualmente, trabaja en el sector audiovisual, donde los sueños se transforman en historias.

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