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‘PALM SPRINGS’

Algunos científicos sostienen que no existe el libre albedrío y que el tiempo y el espacio son lo mismo. Que la realidad es un enorme pan Bimbo antes de ser laminado y el presente es el corte en el que te encuentras, aunque realmente estés experimentando todo a la vez al mismo tiempo en todas partes. Me encantaría entenderlo para poder explicarlo mejor, pero la gracia literaria de esta aseveración deviene en que si efectivamente no existe libre albedrío y nada de lo que hagamos importa en el sentido de que no influye porque ya ha sido, ya es y ya será, es más que probable que estemos viviendo toda una simulación.


La realidad es ficción.


Vi Palm Springs cuando yo aún formaba parte del proyecto de pareja más estable, real y confortable a niveles básicos del que haya gozado nunca. La estrenaron el año de la pandemia, luego pertenece al hito que más ha condicionado la relación de los milenials con la filosofía. Me apetecía ver a Andy Samberg, actor habitual del tan competitivo Saturday Night Live, heredero directo del Monty Python’s Flying Circus, en un protagonista merecido. Andy me gusta tanto como me apabulla su facha de gracioso de la clase: cruel y tan ensimismado e inseguro de sí que no sabes si te va a pedir matrimonio o cortarte en cachitos al final de una primera cita.


A la magnífica Cristin Millioti la había contemplado en un montón de sitios cayéndome gorda a mi pesar, como si mi prima de repente lo hubiera petado en el mundo del espectáculo y no acabase de entregar todo su talento al servicio de la historia. Siempre esos papeles tan inverosímiles y casi utilitaristas de chica maja de ojos tan gigantes como sus buenas intenciones. Por fin, Cristin, era una mujer promiscua, honesta e imperfecta que bebía demasiado y decepcionaba a todo el mundo. Una mujer de verdad, perdida de verdad. Una bicoca de personaje principal que te crees de cabo a monte de Venus.


Es muy difícil hacer una comedia romántica en el siglo XXI que no se parezca más a una receta descartada de azúcar glass rosa del Dunkin’ Donut. Un artefacto recargado y saturado de grasas y azúcares cancerígenos que al primer mordisco que cae como cemento en tu estómago ansioso y ávido de engaño sofisticado ya sabes que en noventa minutos el desencanto te va a arrastrar a los infiernos de la anhedonia con la estridente estética de un vídeo vacacional de Marina D’Or, con los colores de la fotografía más saturados que cuando Dorothy se estrella en Oz.


Y Palm Springs tenía el RGB estridente de un parque de bolas infantil que tan reconfortante resulta a través de la vista como a través del oído podía dejarte gagá la pista sonora de un western rutinario de los años cuarenta en Hollywood. La escogí sin esperanza, pero con la seguridad de que, si podía dormirme y soñar con ella reescrita en mi mente, ya habría ganado.


Una buena siestecita.


Nyles, el antihéroe cuarentón de camisa hawaiana, se desplazaba por la pista de baile de la boda de una amiga de su novia, con tal desparpajo cínico y de vueltas de todo que bien habría podido hacer enmudecer a John Wayne. Escuchabas su discurso pasado de rosca, aquella desidia ideológica y el clic de las anillas de las latas de cerveza que vaciaba en su garganta como un pasaporte líquido a la ausencia de sentimientos. Y sin saber cuál era su motivo concreto y práctico podías entenderlo, podías estar ahí con él y no sufrir, y no sentir nada, ese alivio abismal de que todo te dé ya exactamente igual.


El giro que justifica y define la trama y el género del film me pilló por sorpresa, porque yo ya comprendía que Nyles estuviera hecho una pena sin llegar a estar deprimido clínicamente, por el mero hecho de pertenecer a mi generación y haber entendido, después de cientos de miles de memes educacionales de los ochenta y los noventa donde nos convencieron de que éramos especiales y lo íbamos a petar muy fuerte, que todo era mentira. Pero no, Nyles no estaba jodido por eso, o no solo por eso, ni siquiera sabía que se avecinaba una pandemia mundial, ni una mascarilla avistada, ni una pérdida de olfato, no, Nyles se había quedado atrapado en un bucle temporal en la boda de unos amigos de su novia en el infierno de la cromoterapia más Pixar que te puedas arrojar a la retina.


Deslizar pesados los pies en chanclas por una postal diseñada por Mister Wonderful.


Y sin querer hacerlo, pero tampoco evitarlo; Nyles arrastra a Sarah al bucle con él. Las relaciones tóxicas se escriben entre dos. El hambre, amiga mía, y las ganas de comer. Nyles no quiere condenar a Sarah, pero tampoco quiere estar solo en el sinsentido y la rutina del multiverso. Si en Passengers, cuatro años antes y en una nave espacial, Chris Pratt, despierta solo y antes de tiempo en una cárcel de oro y decide escoger a Jenniffer Lawrence, la bella durmiente más jaquetona y divertida de todas las cápsulas del macropoyecto espacial, para jugar al pica-la llevas más jugoso imaginable; en Palm Springs Nyles solo quiere pasar un ratito de eternidad con Sarah, porque la reconoce como un ser afín y complementario a quién él va a acompañar de veras y que le va a hacer sentir entendido incluso aunque al día siguiente de eterno retorno de la resaca, no vaya a poder darle ni la hora sin recelo, porque no le conocerá de absolutamente nada.


No pasa exactamente así en una cita de Tinder en Malasaña, pero no deja de ser lo mismo. Encontrar a alguien un momento y refugiaros ambos en un breve instante de eternidad.


Me gustaron tantas cosas de esta película, desde la coreografía perfecta de cortejo en la discoteca banquete, todo un derroche de micro sketches encadenados, hasta los tatuajes de penes flácidos eyaculando humillantes gotitas de drenaje por inercia que se graban en el hombro del otro los dos colegas amantes, pasando por esa conclusión más eficaz y curativa del dolor que un ibuprofeno turco de 800 miligramos, de que aunque estemos tú y yo juntos y solos y estemos muy bien, yo quiero estar contigo, juntos, pero con todos los demás, porque si no, no cuenta de verdad. No es.


El día de la Marmota es una de mis películas favoritas de siempre, pero la historia de amor siempre se me quedó coja. No me creía para nada que a Bill Murray le cayese ni medio bien Andy MacDowell; aunque sí que entendía el alivio que podía sentir él una vez que se la encuentra en su cama y al fin es el día siguiente. ¡Al fin el fin!, la vida para compartirla y que se acabe.


Juntos. Solos.


A mis amigos les he propuesto mucho en los últimos años el siguiente dilema existencial, a traición, cuando ya van un poco pedo: “Si tuvieras que elegir entre vivir eternamente tú solo, no poder morir y ver a todos tus seres queridos irse, pero gozar de todo el tiempo, de todo el para siempre, de todas las experiencias y combinaciones o bien morirte mañana y concentrar todo lo que quieres con quien quieres en unas horas de despedida, ¿qué elegirías?”. La mayoría me decían “Vivir eternamente”. Y yo les juzgaba desde mi atalaya de poetisa de provincias mudada a ciudat comtal, acariciándome el fular y espetaba: “¿Es que no lo entendéis? Yo cuanto más lo pienso, más ganas me entran de que me peguen un tiro ahora mismo. Queda demasiado tiempo para mañana.”


Palm Springs es divertida y ligera, como la insoportable levedad del ser. La he visto muchas veces, con la misma sensación de entusiasmo y gratitud que solo reconozco en los grandes clásicos de mi infancia. Es un agujero de gusano que me abraza a Dirty Dancing, La princesa prometida o Pretty woman, frívolos vehículos de mi pubertad que fueron catapultándome emocionalmente, desde la ficción de esta simulación, a lo que era ser adulta. Palm Springs es una película adulta, contando una historia adulta, que parece un juguete inofensivo, como mi cajita registradora de cara de sonrisa, mi posesión más valiosa de la infancia, que me hacía creer en la posibilidad de que dependiendo de la combinación de números que marcase antes, podría conseguir un resultado distinto, que apareciera un tesoro nuevo cada vez que se abría el cajoncito rojo y sonaba estruendoso el “clink”.


Parecía vacío, pero no lo estaba.


La imaginación, decía Woody Allen, “es el bien más preciado que tengo”. Y por eso la memoria es el mayor patrimonio que poseemos. Pero la memoria no es más que eco rebotando en las paredes cuando estás gritando a solas. La memoria solo es si la puedes compartir.


Si tú, yo, Palm Springs y todo lo demás es solo un tajo en este pan Bimbo ingente que es existir, no te lo vas a poder comer nunca, pero qué bien, qué bien puede llegar a saberte si te concentras: si estás ahí.

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Marta Díez San Millán ha estudiado guion de cine y TV en la Escuela de Cine y TV Septima Ars de Madrid. Ha vivido en León, Madrid, Barcelona y Estambul. Ha escrito artículos para MovieCrazy y BunkerHill entre otros. Próximamente publicará un libro de autoficción donde habla de relaciones y de dar tumbos por la vida. 

 

 

 

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